Como cada
noche, antes de dormir y acostada ya sobre mi cama, comenzaba mi particular
conversación interna, donde nadie a simple vista podía juzgarme. A veces, Dios;
Otras, seres queridos que ya no permanecían a mi lado; Un día el Universo y al
día siguiente mi Ángel de la guarda...
Así continué
hablando cada noche y lanzando al aire todas las dudas que hervían sobre
mi cabeza como en una olla a presión y todos los planteamientos que
surgían espontáneamente como lianas aferrándose a los árboles.
Hasta que un
instante mágico me reveló que únicamente hablaba conmigo cada día, con mi
conciencia, con mi ser más elevado que solía permanecer escondido durante
largos periodos de tiempo.
Pero ese Dios
tan mío y tan de todos, al que me dirigía en tantas ocasiones, sutilmente me
escuchaba, incluso ¡guardaba mis preguntas!
